sábado, 30 de abril de 2011

San Jose Obrero




San José Obrero.-

Esta fiesta fue instituida por Pío XII el primero de mayo de 1955, para que, -como dijo el mismo Pío XII a los obreros reunidos aquel día en la Plaza de San Pedro -, "el humilde obrero de Nazareth, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias".

San José, descendiente de reyes, entre los que se cuenta David, el más famoso y popular de los héroes de Israel, pertenece también a otra dinastía que al permaner a través de los siglos, se extiende por todo el mundo.

Es la de aquellos hombres que con su trabajo manual van haciendo realidad lo que antes era sólo pura idea, y de los que el cuerpo social no puede prescindir en absoluto.

Pues, si bien es cierto que a la sociedad le son necesarios los intelectuales para idear, no le es menos cierto que para realizar, le son imprescindibles los obreros.

De lo contrario, ¿cómo podría disfrutar la colectividad del bienestar, si le faltasen manos para ejecutar lo que la cabeza ha pensado?

Y los obreros son estas manos, que aún a través de servicios humildes, influyen grandemente en el desarrollo de la vida social.

Indudablemente que José también dejaría sentir en la vida de su pequeña ciudad, la benéfica influencia social de su trabajo.

Sólo Nazareth, -la ciudad humilde y desacreditada, hasta el punto que la gente se preguntaba: "¿De Nazareth puede salir alguna cosa buena?" (véase San Juan 1,46)-, es la que podría explicarnos toda la trascendencia de la labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero.

Mientras tanto, Jesús, a su lado, "crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres" (véase San Lucas 2,40).

En efecto, en aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto.

Y allí es donde José, viviendo en parte en un taller de carpintero y en parte en una casita semiexcavada en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia.

Como todo obrero, debe mantener a los suyos con el trabajo de sus manos. Toda su fortuna está radicada en su brazo. La reputación de que goza está integrada por la probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

Es este oficio el que le hace ocupar un lugar imprescindible en el pueblo, y a través del mismo, influye en la vida de aquella pequeña comunidad.

Todos le conocen y a él deben acudir cuando necesitan que la madera sea transformada en objetos útiles para sus necesidades.

Seguramente que su vida no sería fácil. Las herramientas, con toda su tosquedad primitiva, exigirían de José una destreza capaz de superar todas las deficiencias de medios técnicos.

Sus manos encallecidas estarían acostumbradas al trabajo rudo y a los golpes, imposibles de evitar a veces.

Habiendo de alternar constantemente con la gente por quien trabajaba, tendría un trato sencillo, asequible para todos.

Su taller se nos antoja que debía ser un punto de reunión para los hombres, -al menos algunos-, de Nazareth, que al terminar la jornada se encontrarían ahí para charlar sobre sus cosas.

José, el varón justo, está totalmente compenetrado con los conciudadanos. Éstos aprecian en su justo valor, a aquel carpintero sencillo y eficiente.

Aún después de muerto, cuando Jesús ya se ha lanzado a predicar la Buena Nueva, le recordarán con afecto: "¿Acaso no es Éste el Hijo de José, el carpintero?" (véase San Mateo 13,55), se preguntaban los que habían oído a Jesucristo, maravillados de su sabiduría.

Y efectivamente, era el mismo Jesús. Pero, José ya no estaba allí. Él ya había cumplido su misión, dando al mundo el testimonio de buen obrero.

Por eso, la Iglesia ha querido ofrecer a todos los obreros este espectáculo de santidad, proclamándole solemnemente Patrón de los mismos.

Así, en adelante, el casto esposo de María, el trabajador humilde, silencioso y justo de Nazareth, será para todos los obreros, especial Protector ante Dios y escudo para tutela y defensa en las penalidad

Tomado de amigos en la fe el 30 de abril de 2011
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domingo, 17 de abril de 2011

¿Fue necesaria la cruz?




Hoy, Domingo de Ramos, comienza la Semana Mayor, con más propiedad llamada Semana Santa, porque en ella se conmemora la muerte del Santo.

Es curioso: después de veinte siglos, caso único, se viene celebrando en todo el mundo, año tras año, sin exceptuar uno, la muerte de Jesucristo en cruz. Ante semejante drama, no resulta raro que, hasta los niños, pregunten horrorizados: ¿por qué murió en cruz? ¿Fue necesario? ¿Podía haber muerto en la cama, o por causa de un cáncer o de un infarto masivo, y nos habría redimido? ¿Qué hubiera pasado? ¿Sí nos hubiera redimido? ¿Se celebraría su muerte en todo el mundo?

Pongamos algunos presupuestos claros y seguros:

-El dolor no salva, no redime, no se debe buscar. Sería una conducta patológica, algo así como masoquismo. No es cuestión de que Dios se conmueva más con el dolor que con la alegría. No. Por ahí no van las cosas.

-Segundo, Jesús no buscó el dolor, no aspiró a morir en Cruz. ¡Qué tal! Ni menos, el Padre eterno iba a buscar expresamente la muerte en cruz, para su "Hijo muy amado". Hablando en términos históricos, los judíos de entonces pidieron a Pilatos, para Jesús, la muerte en cruz, por odio, por venganza, por maldad. El Padre respeta la libertad de los hombres, y 'trabaja' y cuenta con ella para realizar sus planes, y la salvación de la Humanidad era el principal.

-Jesús fue inocente: no cometió pecado en toda su vida. De haberlo cometido, uno solo, no nos habría podido salvar.
Por el contrario: habría necesitado un salvador. Pilatos no le decretó la muerte en cruz como castigo por fechorías, como a los dos ladrones, sino porque los judíos envidiosos le exigieron que lo condenara a muerte de cruz.

-Lo que tiene eficacia para salvar no es el dolor, sino el amor. Y si ese amor a Dios es una forma de obediencia, entonces lo que nos salvó no fue el dolor sino la obediencia amorosa puesta a prueba por el dolor. Cualquier acto de amor de Jesús a Dios tiene un mérito infinito. Nos podría haber redimido con un dolor de cabeza sufrido por amor.

-Supuesta la iniciativa de sus enemigos de matarlo en cruz, y la libertad y el amor con que Jesús acepta tal muerte, con todos sus dolores y humillaciones, Dios Padre acepta el sacrificio de su Hijo y, por sus méritos, nos perdona nuestros pecados y nos abre el cielo eterno. El primer beneficiado fue el buen Ladrón: "Hoy estarás conmigo en el Paraíso", le promete Jesús.

Vengamos al hecho histórico: Jesús muere en cruz por decisión y maldad de sus enemigos. Pero, consta que él, siendo inocente -lo cual le constaba a él mismo-, aceptó y asumió la Cruz por amor a su Padre y a nosotros. Lo cual le dio un valor infinito y un poder de atraer corazones y de 'ablandar piedras' sin igual en cualquier otra forma de muerte.

Un dato importantísimo, que tuvo Dios en cuenta para permitir la muerte de su Hijo en cruz, es que la Humanidad viene sufriendo física y moralmente por culpa del mismo hombre, sufriendo en forma espantosa -recuérdense las guerras, guerrillas, masacres, el Holocausto, fracasos de toda clase, etc.- y necesitaba un modelo que le diera sentido a su absurdo e ingente dolor, necesitaba un ejemplo de fortaleza y el consuelo de un amigo que muriera, soportando él el tormento que nosotros nos merecíamos, le pregunto a usted, querido(a) lector(a) -y le pido me responda con el corazón en las manos- ¿habría servido un dolor de cabeza para movernos, convencernos y ayudarnos a sufrir? ¿Se lo recordaría hoy en todo el mundo por una jaqueca?

¿Todo ser humano sufriente se sentiría bien representado en ese Jesús adolorido y quizá sonriente, y no en este JESÚS crucificado?
cenalbe@javeriana.edu.co

Tomado de El tiempo el 17 de abril de 2011

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Carta del Prelado (abril 2011)




Carta del Prelado (abril 2011)

La beatificación de Juan Pablo II y algunas escenas evangélicas que propone la Iglesia son una invitación -señala el Prelado- para vivir con intensidad la Cuaresma y acoger la celebración de la Pascua.

2011/04/04



Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Amemos siempre, también en la Cuaresma, la inmensa riqueza que la Iglesia nos ofrece con la Palabra de Dios, pues nos impulsa a renovar las energías del alma para proseguir con ritmo el camino de la Pascua. «Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente —ha escrito el Papa—, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo»[1].

En este caminar nos guía Nuestro Señor Jesucristo. Más aún, Él mismo nos dice: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida[2]. San Agustín, comentando este pasaje del Evangelio de San Juan, escribe: «No se te dice: "Esfuérzate en hallar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a la vida"; no, ciertamente. ¡Levántate, perezoso! El camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que has llegado a despertarte. Levántate, pues, y camina»[3].

La segunda parte de la Cuaresma nos presenta un buen momento para repasar los propósitos que nos habíamos formulado al comenzar estas semanas y para reavivar los deseos sinceros de llegar bien preparados a la Semana Santa y a la Pascua. Quizá cabe servirse, como hilo conductor, de los textos del Evangelio que leeremos los próximos domingos en la Misa, como Benedicto XVI señala en su Mensaje de este año. También puede resultar útil detenernos con intensidad en otros aniversarios y acontecimientos de estos días, como el sexto aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II, mañana 2 de abril, y su beatificación, el próximo 1 de mayo.

El aniversario del tránsito de Juan Pablo II trae a nuestra memoria el ejemplo de fidelidad a Dios que el Santo Padre ofreció a la Iglesia y al mundo. La profunda impresión que causó su muerte santa en el mundo entero, así como la extraordinaria afluencia de personas de todas las edades, especialmente jóvenes, que en aquellos días se trasladaron a Roma para acompañar sus sagrados restos mortales, constituyeron una señal clara de que la fe palpita en muchísima gente, aunque a veces se halle oculta bajo una capa de acostumbramiento, de rutina, e incluso de pecado. Pero basta el soplo del Espíritu Santo —como sucedió en aquellas inolvidables jornadas de abril de 2005—, para que muchas almas experimenten una profunda conversión y se acerquen de nuevo a Dios.

Esa misma reacción sobrenatural volvió a repetirse, poco después, con motivo de la elección del Papa Benedicto XVI, el día 19 de abril. Entonces fuimos testigos emocionados, convencidos y agradecidos de lo que el Santo Padre afirmó con fuerza en la Misa de comienzo de su ministerio petrino: «¡La Iglesia está «viva»! Efectivamente, no es posible que fenezca —aunque en ocasiones parezca que se tambalea— porque está asistida por el Paráclito y su Cabeza es Jesucristo, resucitado y glorioso, Rey de la entera creación.

Esta certeza, que proviene de la fe, se alza perennemente como roca inconmovible de nuestra esperanza y de nuestro optimismo sobrenatural. «Nuestro Padre Dios —ese Padre amoroso, que nos cuida como a la niña de sus ojos (Dt 32, 10), según recoge la Escritura con expresión gráfica para que lo entendamos— no cesa de santificar, por el Espíritu Santo, a la Iglesia fundada por su Hijo amadísimo»[4]. Son palabras de San Josemaría que nos colman de consuelo y de seguridad en medio de los obstáculos que, en tantos órdenes de la existencia, se interponen en el peregrinar del Pueblo de Dios. «Tened confianza», proseguía: «La Santa Iglesia es incorruptible (...). Considerad además que, si las claudicaciones superasen numéricamente las valentías, quedaría aún esa realidad mística —clara, innegable, aunque no la percibamos con los sentidos— que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre»[5].

Pienso que la próxima beatificación de Juan Pablo II constituye una señal más de la santidad del Cuerpo místico de Cristo, de la fuerza renovadora del Paráclito, de la misericordia de Dios Padre: en definitiva, del amor de la Trinidad Santísima, que nunca abandona a la Iglesia. Y estoy convencido —así se lo pido a Dios— de que la elevación a los altares de este santo Pontífice nuevamente provocará en el mundo y en la Iglesia una oleada de fe y de amor, de gratitud a Nuestro Señor, de adhesión llena de confianza a la Iglesia, nuestra Madre. Me removió siempre que Juan Pablo II, al hablar de la fidelidad, utilizando modos parecidos a los que se encuentran en la predicación de San Josemaría, afirmara que requisito indispensable de esa lealtad es "la continuidad" a lo largo de los años.

Mientras tanto, como os he sugerido al comenzar estas líneas, preparémonos para la Pascua, considerando en nuestra oración personal los textos evangélicos que la liturgia nos presenta en estas semanas. Por eso, miremos con valentía si hemos acompañado y acompañamos de cerca a Jesucristo, si le escuchamos y nos aplicamos lo que nos dice, si deseamos no dejarle nunca solo.

El próximo domingo, IV de Cuaresma, leeremos la escena de la curación del ciego de nacimiento, en la que Jesucristo se manifiesta como Luz del mundo. Poniendo en sus ojos un poco de lodo, hecho con polvo de la tierra y su saliva divina, le dijo: anda, lávate en la piscina de Siloé, que significa: "Enviado". Entonces fue, se lavó y volvió con vista[6]. Luego, el evangelista narra el diálogo entre Jesús y aquel hombre. Todos y cada uno hemos de considerar como dirigida personalmente a nosotros esta interrogación del Señor al ciego: ¿crees tú en el Hijo del hombre?[7]. ¿Crees de verdad, de verdad —no sólo con la inteligencia, sino con el corazón y la voluntad, con todo tu ser— que Jesucristo es tu Salvador, que es el Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado por ti, por mí? Esta confesión de fe —que renovaremos solemnemente en la Vigilia Pascual— compromete mucho, afecta a toda nuestra existencia, sin dejar ningún resquicio a proyectos egoístas, a encerramientos en el propio yo. Luchemos para saber prescindir con prontitud y alegría de aquellos planes que, aunque estén muy bien pensados, no encuentran cabida en el Plan —así, con mayúscula— que Dios nos señala a cada uno. Busquemos con empeño los modos de ayudar a que otras personas abran los ojos a la luz de Dios; y supliquemos al Señor, con humildad, la gracia de la fe para nosotros mismos y para los demás.

En el siguiente domingo, V de Cuaresma, escucharemos el pasaje de la resurrección de Lázaro. Jesús realiza un milagro impresionante y manifiesta de modo elocuente su divinidad, porque ¿quién puede devolver la vida a un difunto de varios días, sino sólo Dios? El Maestro nos interpela como a Marta, la hermana de Lázaro: Yo soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?[8]. Aquella mujer, a pesar de las pruebas evidentes y sensibles —que le resultan costosas— de la muerte del hermano, no duda en confesar su fe en el Dios de la vida y de la muerte: sí, Señor, le contestó. Yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido a este mundo[9]. Y se obró el milagro. Milagros que también se repetirán en nuestra vida y en la de tantas otras personas a las que deseamos acompañar hasta Jesús, si no nos falta la fe, como aseguraba San Josemaría: «Nunca te desesperes. Muerto y corrompido estaba Lázaro: "iam fœtet, quatriduanus est enim" —hiede, porque hace cuatro días que está enterrado, dice Marta a Jesús.

»Si oyes la inspiración de Dios y la sigues —"Lazare, veni foras!" —¡Lázaro, sal afuera!—, volverás a la Vida»[10].

Nuestro Fundador, con la perspicacia que Dios le concedió para penetrar en el sentido espiritual de la Sagrada Escritura, invitó con frecuencia a profundizar en esta escena; y, predicando a un pequeño grupo de personas, en 1964, nos decía: «Al pensar en la alegría de aquella familia, de aquellos testigos del milagro; al pensar en la alegría del mismo Jesús, con su Corazón rebosante de gozo por la felicidad de los otros —de modo análogo a como supo llorar al ver las lágrimas de Marta y de María—, me ha venido a la cabeza esa jaculatoria que con tanta frecuencia repetimos: omnia in bonum! (cfr. Rm 8, 28), todo lo que sucede es para bien. También el sufrimiento, mientras no procuremos mantenerlo tontamente, o no nos lo inventemos con complicaciones de nuestra imaginación. Ocurra lo que ocurra en nuestra vida, si nos abandonamos en las manos del Señor, sacaremos paz y fuerza, porque la gracia divina nos convierte en instrumentos eficaces»[11].

El Domingo de Ramos, al final de la Cuaresma, inaugura la Semana Santa: es como el pórtico que nos introduce en esos días decisivos para la historia de la salvación. El Jueves Santo, por la mañana, el Obispo concelebra la Santa Misa rodeado de sus sacerdotes y con la asistencia de una buena porción del Pueblo de Dios. En el curso de esa Misa, se bendicen los Santos Óleos que servirán para consagrar altares, para ungir a los catecúmenos —que, al recibir el Bautismo, serán como altares dedicados al servicio de Dios— y para administrar el sacramento de la Unción de los enfermos. También se consagra el crisma, materia del sacramento de la Confirmación, que otorga la mayoría de edad en Cristo a los bautizados. En el curso de esa ceremonia, los presbíteros renuevan las promesas sacerdotales que pronunciaron el día de su ordenación. Todos los miembros del Pueblo sacerdotal, ministros y fieles laicos, se dan cita ideal en esa celebración litúrgica. ¡Qué buen momento, para intensificar nuestra plegaria a Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, para que haya muchos sacerdotes santos y para que también los cristianos seglares —hombres y mujeres— aspiren seriamente a la santidad, cada uno en el propio estado!

Por la tarde, durante la Misa in Cena Domini, conmemoraremos especialmente la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. El hoy de la renovación sacramental del Misterio pascual, el hoy de la Cruz —que el Señor anticipó en la Última Cena—, se hace presente en cada celebración eucarística y, con un relieve particular, el Jueves Santo. Asombrémonos ante la actualidad perenne del Sacrificio del Calvario, de modo especial en la Misa in Cena Domini. Este día, antes de realizar la Consagración, el Canon Romano pone en boca del sacerdote unas palabras propias de esta solemnidad: el cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tomó el pan en sus santas y venerables manos...[12].

Roguemos a la Trinidad Santísima que no nos pase nunca inadvertido este exceso de amor por parte de Jesucristo. No sólo ha entregado una vez su vida en la Cruz, sino que ha querido instituir la Sagrada Eucaristía y el sacerdocio para que, siempre y en todo lugar, hasta el momento de su venida gloriosa al fin de los tiempos, podamos entrar en contacto vivo y verdadero con su Sacrificio redentor. Pongámonos «en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente —escribía en su última encíclica Juan Pablo II—, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega "hasta el extremo" (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida»[13].

La Misa vespertina del Jueves Santo nos introduce en la memoria de la pasión y muerte de Nuestro Señor, al día siguiente. «Existe una conexión inseparable entre la Última Cena y la muerte de Jesús. En la primera, Jesús entrega su Cuerpo y su Sangre, o sea, su existencia terrena, se entrega a sí mismo, anticipando su muerte y transformándola en acto de amor»[14]. Al adorar ese día la Santa Cruz, digamos a nuestro Redentor un ¡gracias! sincero, que, acompañado del deseo de serle muy fieles, nos impulse a seguir caminando con perseverancia y alegría por la senda de la santidad.

Llegamos así a la víspera de la Resurrección. En espera del triunfo definitivo del Señor, el Sábado Santo se presenta como una jornada de silencio y recogimiento. Los altares están desnudos, no hay ninguna ceremonia litúrgica; notamos incluso la ausencia del Santísimo Sacramento, que se reserva en un lugar apartado por si fuera necesario administrar la Comunión a modo de viático. Este año coincide con el 23 de abril, aniversario de la Primera Comunión y de la Confirmación de San Josemaría.

Estas circunstancias —no poder celebrar el Sacrificio eucarístico— me traen a la memoria que el día de las bodas de oro sacerdotales de nuestro Fundador, la divina Providencia dispuso que no pudiera celebrar la Santa Misa, pues era Viernes Santo. Sin embargo, como siempre, toda su jornada fue una Misa —quizá con más intensidad de lo habitual— por su unión estrechísima al Sacrificio de la Cruz. Os invito a acudir a su intercesión para que, en esos días del Triduo Santo, permanezcamos especialmente unidos al Holocausto de Nuestro Señor, tratando de asociarnos con mucha intensidad a su entrega por nosotros.

Por fin, en la Vigilia Pascual, «al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos "del agua y del Espíritu Santo", y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la gracia para ser sus discípulos»[15].

Y vuelvo a lo de siempre: rezad por mis intenciones. En estas últimas semanas, como ya os comuniqué, un lugar de primera importancia lo ocupan las consecuencias del terremoto en el Japón y los conflictos bélicos en diversas partes del mundo, especialmente en Costa de Marfil y en Libia. Acudamos a Nuestra Señora, Reina de la paz, invocándola con fe en las letanías del Rosario. Y continuemos muy unidos al Santo Padre, de modo especial el 19 de abril, aniversario de su elección a la Cátedra de Pedro. Pedid también por mí, que el día 20 comienzo un nuevo año de mi servicio pastoral a la Iglesia como Prelado del Opus Dei.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de abril de 2011


Tomado del opus dei el 17 de abril de 2011


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Carta de Pepe Alonso para el mes de Abril




Miami, abril del 2011

Querida familia:

En plena cuaresma recordemos que este tiempo es una invitación a cambiar aquello que tenemos que cambiar en la búsqueda de ser mejores y mas felices, una invitación a construir en vez de destruir y a mirar y volver hacia formas de vida más más humanas, pero sobre todo, mas cristianas. Quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre lo nada fácil que resulta en estos días el poder lograr lo anterior. Vivimos tiempos en que, muchas veces, sin darnos cuenta, podemos ser "contaminados" por corrientes de pensamiento que se han esparcido por la sociedad, y en cierta forma aun en miembros de la Iglesia. Una de estas plagas es la que el Papa Benedicto XVI nos alerta constantemente:el Secularismo "agresivo". El término viene de "saeculum" en contraposición a "religio", para indicar la diferencia entre el mundo de Dios y el mundo sin Dios. Dice el Papa que cuando "se excluye a Dios de la vida publica se llega a una visión sesgada del hombre y de la sociedad". En otras palabras es la ruptura entre fe y vida, como si que debiesen existir por separado, independientes, regidos por principios diversos y a veces hasta opuestos. Ya nos advertía el Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes (n° 43): "El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época".

Hoy día una gran parte de la humanidad, incluso "cristianos" han sido seducidos por este canto de sirenas, que veladamente nos propone que nuestra vida hay que vivirla a plenitud en este mundo como si fuera nuestro único hogar, como si la vida eterna fuera ya algo pasado de moda. Nos hemos "mundanizado", amamos al mundo y lo que hay en el mundo, olvidando que nuestra alma, después de la muerte, tendrá un destino eterno, fuera de este mundo. Nos hemos anclado en este mundo, como si no hubiese nada más.

Creo que como antídoto para este veneno nos ayudaría grandemente recordar y meditar en lo que la Iglesia en la famosa formula que al inicio de la cuaresma, se nos dijo: "Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás", o, Arrepiéntete y cree en el evangelio.

Veamos: ¿Recuerdas las cenizas que recibiste hace semanas? Tienen un alto contenido simbólico en la Biblia. Nos recuerda, como hemos dicho, nuestra condición humana, hemos sido hechos, según el relato del Génesis, del polvo de la tierra (Gen 2, 7). Ciertamente, no sólo somos polvo de la tierra, pues tenemos el espíritu que Dios insufló en ese barro; pero, es fundamental que el hombre no olvide su condición mortal, su temporalidad. No se trata de angustiarse con el tema de la muerte, pues Dios no ha creado al hombre para la muerte sino para la vida; pero, el tener siempre presente nuestra condición finita nos puede ayudar a tomar conciencia que debemos "buscar las cosas de arriba" (Col 3, 1), a asumir con mayor responsabilidad nuestra vida presente. "En todas tus acciones ten presente tu fin, y así jamás cometerás pecado" (Eclesiástico 7, 36). No se trata, desde luego, que por temor a la muerte obremos bien y busquemos a Dios, pues Dios no quiere que le teman sino que le amen. Nuestro buen obrar no debe ser resultado de un temor al castigo sino consecuencia de nuestra conversión a Dios, de un corazón renovado.

La toma de conciencia de nuestra condición humana finita y pecadora nos debe llevar a una actitud humilde; de hecho, "humildad" viene de la palabra latina humus (que significa "tierra") en asociación a que hemos sido hechos del "polvo de la tierra". En el Antiguo Testamento encontramos muchos textos que expresan esa condición humana ( Gn 3, 19; Ecl 3, 20; Job 34, 14ss; Sal 104, 29). Considerarse ante Dios como "polvo y ceniza" es una bella forma de expresar la humildad, la condición de creatura ante la grandeza del creador. En efecto, Abraham, pretendiendo alcanzar el favor de Dios, se dirige a él con estas palabras: "Sé que a lo mejor es atrevimiento hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza" (Gn 3, 27). En la Biblia las cenizas también están asociadas a signos de penitencia, como expresión de arrepentimiento: "Por eso retiro mis palabras y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza" (Job 42, 6). Los habitantes de Nínive se convierten ante la predicación del profeta Jonás y hasta el rey "se vistió de saco y se sentó sobre las cenizas" (Jon 3, 6).

El hombre es polvo y al polvo volverá, pero es polvo precioso a los ojos de Dios, porque Dios ha creado al hombre destinándolo a la inmortalidad. Así la fórmula litúrgica "Recuerda que eres polvo y al polvo volverás" encuentra la plenitud de su significado en referencia al nuevo Adán, Cristo. También el Señor Jesús quiso libremente compartir con cada hombre la suerte de a fragilidad, en particular a través de su muerte en cruz; pero precisamente esta muerte, llena de su amor por el Padre y por la humanidad, ha sido el camino para la resurrección gloriosa, a través de la cual Cristo se ha convertido en fuente de una gracia dada a cuantos creen en Él y son hechos partícipes de la misma vida divina.Esta vida que no tendrá fin está ya presente en la fase terrena de nuestra existencia, pero será llevada a cumplimiento tras la "resurrección de la carne" El pequeño gesto de la imposición de las cenizas nos revela la singular riqueza de su significado: es una invitación a recorrer el tiempo de Cuaresma como una inmersión más consciente y más intensa en el misterio pascual de Cristo, en su muerte y su resurrección, mediante la participación en la Eucaristía y en la vida de caridad, que de la Eucaristía nace y en la que encuentra su cumplimiento. Con la imposición de las cenizas renovamos nuestro compromiso de seguir a Jesús, de dejarnos transformar por su misterio pascual, para vencer el mal y hacer el bien, ara hacer morir nuestro "hombre viejo" ligado al pecado y hacer nacer al "hombre nuevo" transformado por la gracia de Dios.

La Cuaresma es el "camino de Dios", y va en sentido contrario a aquel al que trata de seducirnos el "mundo"; el "mundo", comprende aquí en el sentido de "principado de Satanás" (Jn 12, 31).
El Enemigo del hombre y de la verdad "homicida" y "mentiroso", como lo llama Jesús (Jn.8, 44)- primero nos encandila con los espejismos apetecibles del placer, pero después nos dirige y nos incita hacia la desesperación, la disgregación física, la muerte sin consolación: de la ilusión a la desilusión, ese es su recorrido.

Dios que nos ama, en cambio, nos lleva de nuestra oscuridad a su luz; nos mueve de la consideración amarga de nuestras culpas, del confesar y del llorar a la espera de un estado de felicidad sin fin, hacia el cual somos encaminados con la vida cristiana.
Frecuentemente nos vemos enfrentados nada menos que con el retorno de la vieja mentalidad pagana, por tanto no se distingue más al creyente del no creyente, y ahora se llega incluso a no hacer mucha diferencia entre los hombres y los animales.

Es urgente entonces que regresemos a la plena consciencia de nuestra dignidad y de nuestras riquezas. He aquí entonces el programa de esta Cuaresma.

Que en esta Cuaresma nos permita convertirnos de una conducta culpable o incluso solamente mediocre. Y nunca perdamos de vista que la cuaresma es el camino que nos conduce a la meta de toda vida, la Pascua de Resurrección, donde no solamente recordaremos la resurrección de Cristo, sino que nos afianzaremos en la fe de nuestra propia resurrección.

Termino esta breve reflexión con esta bella copla de Jorge Manrique a la muerte de su padre: Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos descansamos.

La Iglesia nos invita, entre otras prácticas, a ser generosos, especialmente en estos días cuaresmales. EWTN está cumpliendo con la misión de lleva "El Esplendor de la Verdad" hasta el último rincón de la tierra, misión que solo es posible continuar si contamos con el apoyo espiritual y económico de cristianos que, como tu, se unan a esta causa desde sus hogares. Tu puedes ser un "amigo en misión" nuestro. Jesús nos dijo que "hay más felicidad en dar que en recibir" verdad que solo experimentamos cuando, como la viuda del evangelio (Marcos 12, 41 a 44) nos desprendemos no solo de lo superfluo sino aún de lo que creemos necesario.

En Cristo Jesús.

Pepe Alonso

Tomado de EWTN el 17 de abril de 2011

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sábado, 9 de abril de 2011

Desapego a las riquezas

Marcos 10: 17 - 27

Es un joven que cumple todos los mandamientos desde niño y sigue la ley al pie de la letra..... Pero debemos dejar de creernos dios.... Y desprendernos de las cosas materiales.

17 Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?»
18 Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios.
19 Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.»
20 El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.»
21 Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.»
22 Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.
23 Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!»
24 Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!
25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.»
26 Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?»
27 Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.»

Tomado de EWTN

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Honraras a tu Padre y a tu Madre

Marcos 7: 1 - 13

Tengamos presente que Dios, cuando nos creo, nos doto con toda clase de cualidades y capacidades para que demos lo mejor de nosotros y lo pongamos al servicio de la comunidad.

1 Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén.
2 Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas,
3 - es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos,
4 y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas -.
5 Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?»
6 El les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
7 En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.
8 Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.»
9 Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición!
10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís:
11 Si uno dice a su padre o a su madre: "Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán - es decir: ofrenda -",
12 ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre,
13 anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas.»

Tomado de EWTN

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Cumplir los mandamientos

Mateo 5: 17 - 37

Recordemos que para cumplir los mandamientos que nos invita el Señor solo una cosa es necesaria, APRENDER A ESCUCHAR, porque el que escucha entenderá, cumplirá y no renegara de los designios de Dios.


17 «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
18 Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda.
19 Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.
20 «Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.
21 «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal.
22 Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.
23 Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti,
24 deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda.
25 Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel.
26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.
27 «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio.
28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.
29 Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna.
30 Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna.
31 «También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio.
32 Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.
33 «Habéis oído también que se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos.
34 Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo , porque es el trono de Dios,
35 ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén , porque es la ciudad del gran rey.
36 Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro.
37 Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno.

Tomado de EWTN
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miércoles, 6 de abril de 2011

Unidad de vida

El mundo se queda en tinieblas si los cristianos, por falta de unidad de vida, no iluminan y dan sentido a las realidades concretas de la vida. Sabemos que la actitud ante el mundo de los verdaderos discípulos de Cristo, y de modo específico de los seglares, no es de separación, sino la de estar metidos en sus entrañas, como la levadura dentro de la masa, para transformarlo. El cristiano coherente con su fe es sal que da sabor y preserva de corrupción. Y para esto cuenta, sobre todo, con su testimonio en medio de las tareas ordinarias, realizadas ejemplarmente. «Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos... ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! —Medítalo»5. ¿Vivo la unidad de vida en cada momento de mi existencia: trabajo, descanso...?

Tomado de enlace católico UNIDAD DE VIDA meditación del 6 de abril de 2011


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